Un arte encantador y mágico que, a menudo desconocido, invita al caminante a vagar por la particular y exuberante naturaleza de nuestras tierras. Una irrepetible simbiosis entre el paisaje y el monumento.
El Modernismo fue un movimiento cultural y artístico que surgió en Cataluña a finales del siglo
XIX. Los principales consumidores de este nuevo arte fueron la burguesía catalana y los intelectuales de
la época, que se sintieron especialmente atraídos por las ondulantes y floridas formas de un estilo que
todavía hoy en día atrae por la potencia de sus colores.
Las principales muestras del Modernismo en la Cataluña de Ponent las encontramos en la arquitectura. Sobresalen las
edificaciones agrarias, alguna bodega, molinos, almacenes de diseño y casas donde todavía podemos
contemplar el buen gusto de sus promotores. También se construyó algún templo religioso que, si bien
discreto, constituye un vestigio del que fue el arte religioso de esta época.
Bajo el nombrer de “las catedrales del campo” se conocen las construcciones agrarias que a
principios del siglo XX un ilustre arquitecto de origen vallense, Cèsar Martinell i Brunet, levantó en el
centro mismo de los campos de estas comarcas. Adustas pero sencillas, elegantes y únicas en su especie,
destacan por la serenidad y sobriedad de sus formas. En la comarca de la Segarra, la muestra más monumental la tenemos en
la harinera del Sindicato Agrícola de Cervera (1921), declarada recientemente Bien Cultural de Interés Nacional por la Generalitat de Catalunya,
y, si nos llegamos hasta Sant Guim de Freixenet, podremos disfrutar de la serenidad que transmite el admirable interior del
almacén de trigo de su sindicato agrícola. En el Urgell disponemos de dos edificaciones más de interés para el visitante:
la cooperativa de Verdú y el molino de aceite de Ciutadilla; en el Pla d’Urgell están el sindicato de Miralcamp, la cooperativa Les Planes en Torregrossa,
el sindicato agrícola de Ivars y la cooperativa agrícola de Sant Roc en el término de El Palau d’Anglesola; en les Garrigues, los dos sindicatos de Arbeca,
y en el Segrià, el viejo molino de aceite de Albatàrrec. En conjunto un atractivo, curioso y desconocido patrimonio que da identidad a los senderos donde se levanta y
constituye el tesoro modernista más valioso de estas tierras de secano.
A medida que nos alejamos del campo y nos adentramos en el ambiente urbano de la capital, el carácter de
las construcciones se transforma y la huella modernista se hace visible en un notable número de edificios
de carácter civil e industrial. Uno de los conjuntos arquitectónicos más simbólicos de
la ciudad de Lleida es
el Teatro Municipal del Escorxador obra del arquitecto tarraconense Francesc de Paula
Morera i Gatell, y que podemos contemplar, actualmente, restaurado y remodelado. Una parte de los
pabellones del matadero fue destruida durante los desdichados hechos de la guerra civil de 1936. La
misma suerte corrieron las vallas y la caseta de servicios de los Campos Elíseos.
Un itinerario genuino, asequible y saludable lo forman el conjunto de casas de época modernista que todavía se conservan, aunque remodeladas, por toda la Cataluña occidental. En
Lleida ciudad (el Segrià), estas construcciones destacan
por el tratamiento artístico que reciben las fachadas a base de ricos estucados en piedra y laboriosas
forjas en hierro y madera en los cierres. Esta arquitectura tan propia como singular nos invita a
adentrarnos por el urbanismo de la recia ciudad. Si comenzamos la ruta por el casco antiguo, aquí
podemos contemplar la Casa Magí Llorens (c/ Mayor, esquina c/ Cavallers), donde destaca la decoración de la fachada con motivos florales en piedra que han sido recientemente restaurados.
Andando unos metros más allá nos topamos con la Casa Bergós, o Casa Fregola, de comienzos del
siglo XX (plaza de la Sal, esquina Clot de les Monges), que sobresale por la belleza de la forja y el uso de
motivos florales y geométricos en sus estucados. Una vez recorrida la calle Mayor del núcleo antiguo de la
ciudad, y siguiendo el curso del río Segre –que atraviesa la ciudad y le da identidad–, el visitante puede
deleitarse con la elegante y distinguida Casa Melcior (plaza Sant Francesc), con una majestuosa
tribuna en la planta principal decorada con vidrieras, baldosas, madera y forja de la época. Situadas en
la avenida Blondel, paralela al río, se conservan dos casas más: la Casa Xammar (1920-1950),
con amplias ventanas y ornamentación en piedra, y la Casa Morera, también conocida como la
Casa de la Lira por la forma de su fachada.
Finalmente tenemos las Casas Nuevas o de Balasch (Rambla de Aragón), un conjunto de tres edificios de dos plantas con amplia tribuna, construidos en 1914 y
donde destaca la utilización del mármol. Dejando este ambiente, pero sin salir de la ciudad,
la harinera La Meta (c/ Príncep de Viana) y el Mercado del Pla (c/ Sant Martí) concentran las características de edificaciones típicamente
modernistas de diseño muy sencillo pero adaptadas a su uso industrial. En Tàrrega
(el Urgell) también se puede realizar una ruta por distintas calles para ver los edificios modernistas que todavía quedan;
la Casa Càrcer-Sobies, Cal Maimó y la antigua harinera Balcells son una muestra.
Si queremos alejarnos del ruido de la ciudad y disfrutar de más Modernismo y de naturaleza a la vez, no debemos dejar de visitar
el Solsonès, una comarca que nos sumergirá en un paisaje de sorprendente
belleza. En el margen izquierdo del embalse de Sant Ponç está el núcleo de Olius. Aparentemente, la naturaleza
es uno de los signos de identidad más fuertes de esta localidad, pero si queremos disfrutar con toda
intensidad lo mejor es que el visitante vaya a admirar el cementerio. Se trata de un monumento
modernista de sabor gaudiniano construido en el año 1916 sobre grandes rocas por Bernardí Martorell,
discípulo del propio Gaudí. Esta obra, con su peculiar juego de formas, es única en nuestro país y constituye
una de las muestras más importantes del arte modernista en las Tierras de Lleida. En el municipio de
Alàs i Cerc, en la comarca del Alt Urgell, vale la pena asomarse a la ermita de Sant Antoni del Tossal
para poder recrearnos con una irrepetible simbiosis entre la arquitectura y su entorno paisajístico.
En La Pobla de Segur (el Pallars Jussà) es visita obligad el complejo Mauri,
un conjunto arquitectónico de dos edificios civiles de principios del siglo XX (1903-1907), una muestra de la extensión del Modernismo al
Pirineo leridano. El complejo, promovido por un conocido lugareño de la época, Ramon Mauri i Arnalot, lo forman el Molino de Aceite de Sant Josep, presidido por
una escultura del célebre escultor modernista Josep Llimona, la Casa Mauri, actual sede del Ayuntamiento, y una antigua torre de veraneo, donde el visitante puede
disfrutar paseando por sus alrededores del exotismo de sus jardines. Cabe destacar el especial interés que tienen los mosaicos
que revisten la construcción, obra del mosaísta y decorador Lluís Bru i Salelles, autor de los conocidos mosaicos del Palau de la Música Catalana.
En la comarca de la Noguera no podemos olvidar legados tan importantes
como el que dejó a la población de Ponts, de donde era hijo, el malogrado Antoni Samarra (1886-1914), pintor
y escultor de reconocida trayectoria. En Balaguer también destaca el Chalet Montiu, de autor desconocido, el cual se está restaurando actualmente para albergar la
sede del Instituto Municipal Progreso y Cultura. En la población de Raimat (el
Segrià) –tierra de vendimia– fueron proyectados a comienzos del siglo XX por el discípulo de Gaudí Joan Rubió i Bellver
el templo del Sagrat Cor y las bodegas de Raimat. La unidad, integridad, racionalidad y sencillez que respiran los interiores de estos edificios, a base
de grandes arcos parabólicos, típicamente modernistas, atraen a los visitantes de estos pagos. Para
terminar, da gusto recrearse en sus pinturas modernistas, obra del pintor Miquel Farré, quien en
1935 decoró el ábside de la iglesia con temas de la Pasión de Jesucristo con un trazo enérgico y cálido que aviva el interior del templo. También debemos
considerar capital el testimonio en escultura de Jacint Cuyàs, quien también trabajó al lado de Gaudí,
autor de una de las piezas en forja más preciosas del mencionado templo de Raimat: el facistol. Verdaderamente vale la pena vagar por
estos parajes paisajísticos y monumentales para descubrir y disfrutar de un patrimonio que, a menudo
desconocido y poco valorado, sorprende al caminante, lo embruja, lo cautiva y lo seduce.
Artículo publicado en la revista Ara Lleida, nº 23. Texto de Roser Martín
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